sábado, 15 de septiembre de 2012

A un año de la ocupación


*Texto redactado para la segunda edición impresa del periódico Indig-nación junto al equipo editorial compuesto por: Pablo Benson Silva, Sofia Gallisá Muriente, Mariano Muñoz Elías, Stephanie McGuinness, Martín Cobián, Patricia González Ramírez, Mariné Pérez

Un mito intrincado en nuestras sociedades democráticas es que la acción política del ciudadano ocurre en intervalos de cuatro años. Otro mito que acompaña al primero es que esta acción se limita a la selección de candidatos que representan el sentir de la población. Con estos dos mitos se delinean las fronteras de la experiencia política para las masas y es precisamente estos bordes los que nos inmovilizan.

Es obvio que el voto partidario no tiene ninguna trascendencia en cuanto a los problemas urgentes que nos afectan. Es un ritual ilusorio de participación. El espectáculo que representan los políticos se devela infame a todas luces. Mientras atestiguamos los atropellos de poder de las altas esferas políticas, reconocemos que el sistema electoral no nos da la voz que necesitamos. lncluso se puede decir que este sistema deja sin voz a un segmento enorme de la comunidad inmigrante ya que al indocumentado se le niega el derecho al voto. Cuatro años es un larga espera para poder lidiar con reformas migratorias, de educación, salud, vivienda, empleo o con leyes discriminatorias. Hay que hacerse sentir en otras esferas políticas fuera de la papeleta. El electoralismo no debe desinflar nuestro proceso o nuestra urgencia por soluciones.



La indignación ante la opresión del mal gobierno es el arma más poderosa que tienen nuestros pueblos. Nos confronta con nuestra responsabilidad de actuar. Hace un año tomamos la Plaza Zucotti en el bajo Manhattan como producto de esta indignación. Allí se mezclaron grupos de distintas ideologías políticas, razas, idiomas, inclinaciones sexuales, estratos económicos y educativos, estados migratorios, etcétera. Liberty Square fue un espacio para intercambiar preguntas, posibles soluciones y establecer conexiones entre nuestros problemas. Esta interacción se extiende más allá de nuestra presencia en la plaza o la calle, comenzó mucho antes del 17 de septiembre de 2011 y continuará en esta ciudad y en cualquier parte del mundo donde existan personas que defiendan el derecho de vivir dignamente.

El eje financiero global no ha cambiado. Es iluso pensar que la ocupación de una plaza pública fuera a corregir como arte de magia todos los achaques de una sociedad a la merced de banqueros, inversionistas y políticos serviles. Sin embargo, la experiencia nos puso en perspectiva que la política está en otro lado muy diferente al que propone el simulacro electoral. Nos dimos cuenta que el verdadero acto político se ejerce en el día a día. En la convivencia con el otro. Como se vio en la plaza hacemos política en el arte, en la palabra, en nuestras relaciones amorosas y familiares, en el trabajo, en lo que consumimos, en cómo nos alimentamos, en fin, en los actos más cotidianos de nuestra vida. Esa intimidad es una de las pocas cosas que tenemos completamente en nuestras manos.

Los movimientos pasan por muchas etapas. En esta fase estamos creando estructuras que nos permitan ser escuchados. Buscamos movilizar nuestras voces en calles y plazas, en los televisores, la internet, en publicaciones, en las redes sociales, en los muros de nuestros barrios, en boca de muchos y en la memoria colectiva. Tenemos que ocupar pensando en esas posibilidades plurales y en la simultaneidad de las acciones de solidaridad. A un año de Ocupa Wall Street tenemos más herramientas, proyectos afines y compañeros de lucha.

No solamente se ocupan espacios. Ocupamos en nuestro hablar, pensar y trabajar. Cuando vecinos resisten los abusos de un casero; cuando colegas se organizan para exigir mejores condiciones de trabajos; cuando damos apoyo a los proveedores de alimentos locales; o somos consumidores conscientes, estamos haciendo política. Una vez disipada la ficción de nuestro aislamiento, apreciamos con nuevos ojos nuestras relaciones más cercanas. Crear comunidad es un gesto político contundente que desafía a un sistema que se sostiene promulgando la segregación. Lo que nos queda es radicalizar esta cotidianidad, resistir a la falta de alternativas y abrir nichos para combatir el silencio y el conformismo. Hacer de nuestra política una realidad habitable.

Integramos los movimientos en tanto nos posicionamos como entes de debate y acción en todos los frentes. Estamos creando política fuera de la tradición. Ganar elecciones no debe ser la meta, sino tomar nuestras propias decisiones en nuestros espacios de comunidad. Si abarcamos estos cambios desde lo personal, lo sensorial y cercano, damos pasos para crear el mundo que queremos vivir.

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