martes, 31 de enero de 2012

Fassbinder y su tercera generación


Conocemos de sobra que el amigo televisor nos acompaña a todos lados que vamos: a las salas de espera, a las cafeterías o lavanderías, a los museos, a la plaza del mercado, a las fiestas en los apartamentos o al restaurante mexicano. El sonido que producen estos aparatos multi-presentes muchas veces se vuelve un ruido blanco, una estática sonora sin sentido, eso sí, constante y serena como una canción de cuna. En la televisión todos dicen cosas, parlotean sin control, sancionan, declaman y entonan canciones que a todas luces no nos importan. El televisor llena los cuartos de emociones vanas y de un brillo luminoso que baila en la oscuridad.
La tercera generación de Rainer Werner Fassbinder esta llena de televisores con programas encendidos que nadie ve pero que a ninguno de los personajes molesta. El ruido blanco acompaña como un chaperón a este grupo enajenado y radical. El ejemplo máximo es esa magnífica escena coral en la cual una reunión se convierte en una cacofonía en donde simultáneamente tocan canciones en la guitarra, ven un programa de entrevistas, escuchan música, se leen libros en voz alta y tratan de coordinarse. El mundo que retrata Fassbinder en el 1979 es el mundo cuya lógica mediatizada ahora tiene su cima en las grandes pantallas epilépticas de Times Square o la programación por cable.


Estos amigos torpes e intelectualoides han embrutecido al descubrir que sus intereses mentales, culturales y políticos ahora son parte de un mercado bien establecido que condensa en anuncios su vitalidad. Estos dandies y mujeres fatales de Alemania están convencidos que con volverse terroristas lograrán colmar un vacío que se ha vuelto tan común como el vecino más cercano. La apuesta por un mundo mediocre que hacen los PJ Lurtz o sea, los responsables de las grandes empresas y la publicidad, ha convertido nuestras mentes en un conglomerado de mensajes confusos e incoherentes que no llegan a ningún sitio y que nos imposibilitan reaccionar con cordura y estrategia.


Fassbinder fue un director visionario por que su film de hace treinta años ahora es más pertinente que nunca. Esta es una tercera generación por que se ha degenerado. Ha perdido sentido, sensatez y audacia. Esta generación de terroristas trata de encontrar la diversión, el efímero momento de la adrenalina. Estos personajes burgueses con sus preceptos cínicos han perdido el placer del pensamiento, el placer del debate político. Su visión política se imprime en una gruesa capa de banalidad y estupor. Fassbinder satiriza la imagen del revolucionario posmoderno disfrazándolo de drag queen, de payaso y de perro. Esta es una generación que inclusive con ametralladoras tiene mala puntería. No acierta ni logra ser coherente, organizada, secreta o clandestina. Como esos televisores y grabadoras que no paran de hablar, se delata a si misma, se aniquila en su propio juego.

domingo, 22 de enero de 2012

Nieve entre Bedford y Franklin

Ayer 1/ 21/ 2012 fue la primera nevada del invierno. La nieve cayó de noche y temprano en la mañana. El sábado se lleno de calma y el mundo ocupado se retrasó para todos.


Los jardines quedaron enterrados en las capas blancas, las ganas de andar descalzos en el patio.


Nadie decide jugar handball en las canchas.


Nadie se sienta a leer mientras sus niños se columpian.


El nuevo suelo, secretamente mojado, tapiza las esquinas.


Encubierto el sucio, el día brilla monocromático y aprovado.


Desde los cuartos miramos los techos, las antenas y la cama que invita a quedarse.


Es un día pequeño y nos podemos comer el gris.

sábado, 21 de enero de 2012

Blank City: Celebración del No Wave/Trangression Cinema

La ciudad es una ruina.
Los trenes son para el graffiti.
La renta es barata, pero te acuestas junto a cucarachas; Los bedbugs te marcan la piel.
Duermes en un matre que encontraste.
Mataron a alguien cerca y los junkies se arremolinan en la entrada del edificio.
Tus amigos se llaman Jim Jarmusch, Steve Buscemi, John Lurie, Debbie Harry, Eric Mitchell, Amos Poe. El que pinta se llama Jean Michell. La de la banda Lydia Lunch.
Esta noche tocan Television, la poeta Smith y los jovencitos ruidosos de Sonic Youth.
Te robas una cámara de 16 milímetros.
Filmas a tus amigos corriendo por las calles, besándose, conversando, disparando.
La editas lo más rápido que puedes.
La estrenas por la noche en tu barra favorita. Todos están ahí. Drogados o no.


Blank City, opera prima documental de Céline Danhier recupera este escenario. New York City a finales de los 70’s- principios de los 80’s era una urbe muy diferente a la económicamente boyante del presente. El downtown parecía una zona de guerra. La ciudad estaba en bancarrota y Brooklyn era un guetto gigante (ver Taxi Driver, Donwtown 81 o Panic in Needle Park como referencia). A pesar de lo inhóspito y deprimente de esas circunstancias, la ciudad fue el espacio que germinó dos de los más interesantes (y radicales) movimientos artísticos de las últimas décadas: No Wave Cinema y Cinema of Transgression.

Blank City tells the long-overdue tale of a disparate crew of renegades filmmakers who emerged from an economically bankrupt and dangerous moment in NYC. In the late 1970’s to mid 80’s, when the city was still a wasteland of cheap rent and cheap drugs, these directors crafted daring Works that would go on profoundly influence the development of independent film as we know it today.
Sintetiza acertadamente el comunicado de prensa.


Más que un movimiento organizado, el No Wave fue una manera de enfrentarse creativamente con la realidad decadente; un estilo de vida que se expandió a todas las disciplinas del arte. Con un trasfondo de pobreza, desempleo y supervivencia básica, los artistas que se asocian con este movimiento estaban lejos de la bohemia burguesa de un Woody Allen o del aprendizaje académico de otros cineastas famosos de los 70.

Más bien la lógica que los movía era la de autogestionarse una experiencia artística en la que dominaba la necesidad de expresión por encima de la maestría de un medio en específico. Según viniera a cuenta los artistas del No Wave eran tanto músicos de post-punk, como artistas plásticos; actores o cineastas.

El atrevimiento, la originalidad y el empuje fueron cualidades celebradas por todos. El nihilismo punk sostenía mucho de este acercamiento. Como eficaz contracultura, el No Wave mantuvo un rechazo a las normas establecidas por los mercados, la academia y la cultura “mainstream” proponiendo una estética oscura y ruda. Este grupo también llamado “Blank Generation” veía la ciudad como un canvas en blanco del cual había que apropiarse (de ahí el título del filme).

Bajo esta perspectiva se logró formar una comunidad muy ecléctica y desgarbada, sobre todo en el área del Lower East Side y el East Village, que se movía en una constante ebullición creativa, de una filmación, a una exhibición, a un show de música; todos igualmente creadores y público… Por supuesto, entre esas movidas estaban: el alcohol, el sexo, las drogas y demás (leer Just Kids de Patti Smith como referencia).

La primera parte del documental de Danhier contextualiza a estos artistas con lo resumido arriba, aunque busca enfocarse en específico en la gestación cinematográfica del movimiento. Con unos recursos de archivo impresionantes, la directora logró recuperar muchas de esas primeras cintas (la mayoría desaparecidas hasta ahora), haciendo un muestrario muy acertado de las mismas. El anecdotario que las rodea es una joya: desde robos de equipo, engaños a agentes de Real State, ocupaciones de apartamientos, fiestas extravagantes y estrenos instantáneos en barras y galerías.

Aunque ciertamente “disparatadas”, estas anécdotas revelan el impulso vital de estos cineastas, así como su determinación intrínseca y valiente a hacerse de un nicho en el ambiente cultural de la época. Estos aspectos nos remiten a los experimentos cinematográficos del Warhol de The Factory, y como movimiento a las nuevas olas del cine de los sesenta en cuanto a inmediatez, frescura e improvisación. Sin embargo, me parece que el No Wave se deshizo de los aspectos naïve y cinéfilo- referenciales de este cine, construyendo imágenes y situaciones más sórdidas, eléctricas y auténticamente callejeras. Incluso Jim Jarmusch con su cine contemplativo y silencioso, reflejó muy bien el hastío y el derrumbe urbano de esos años.

El documental se mueve entonces en su segunda mitad a describir cómo ya en los años ochenta, otra vez en el Lower East Side, y bajo unas circunstancias cónsonantes con el No Wave, surgió el grupo denominado Cinema of Transgression. Para entender la propuesta marginal de este grupo nada mejor que reproducir un párrafo de su manifiesto escrito por Nick Zedd:

We violate the command and law that we bore audiences to death in rituals of circumlocution and propose to break all the taboos of our age by sinning as much as possible. There will be blood, shame, pain and ecstasy, the likes of which no one has yet imagined. None shall emerge unscathed. Since there is no afterlife, the only hell is the hell of praying, obeying laws, and debasing yourself before authority figures, the only heaven is the heaven of sin, being rebellious, having fun, fucking, learning new things and breaking as many rules as you can. This act of courage is known as transgression. We propose transformation through transgression – to convert, transfigure and transmute into a higher plane of existence in order to approach freedom in a world full of unknowing slaves.

Como fácilmente se destila del manifiesto, las películas de los “transgresores” elaboran imágenes y situaciones violentas y/o gráficas. Los temas abarcan aspectos mórbidos del sexo, las drogas y el crimen. El estilo es crudo y lleno de rupturas en cuanto a las llamadas normas de filmación y edición promulgadas por las escuelas de cine, manteniendo una agenda tanto anti-académica como de protesta socio-moral.

Aunque Blank City no es el primer documental que se hace de los artistas de este período en Nueva York, el filme resulta particularmente valioso por enfocarse en los cineastas, sus trabajos y prácticas (usualmente se habla más de las bandas). El trabajo de archivo es magistral y lo mejor, inédito en la mayoría de los casos. Las entrevistas están muy bien articuladas y se le da en su conjunto una voz a una generación de cine independiente bastante mal entendida y documentada. La mayoría de estos creadores se mantienen trabajando al margen de la industria y sus películas rara vez se distribuyen, por tanto, a pesar de su aportación al séptimo arte, siguen siendo desconocidos para el público cinéfilo. Incluso los que alcanzaron fama como Jarmusch, Todd Haynes o John Waters siguen realizando trabajos con poca difusión.

Con ésta película Céline Danhier se muestra como una documentalista muy madura y de mucho ímpetu a la cual habrá que vigilar en el futuro. Todavía le falta alcanzar un estilo más propio, hay que decirlo. Para ser un filme sobre cineastas radicales, Blank City, al menos en cuanto a construcción estética y ritmo, se mantiene en un terreno popero y seguro más cercano a los documentales noventosos de MTV y VH1, que a las películas a las cuales les hace homenaje. Aunque quizás para algunos esto también sea un valor.

miércoles, 18 de enero de 2012

A Dangerous Method: Peripecias del primer psicoanálisis


Luego de más de un siglo de historia al psicoanálisis se le ha criticado y a levantado detractores de todo tipo. Las publicaciones al ataque no escasean y hoy por hoy parece ser un método que fluctúa entre la búsqueda de vigencia y el mantenimiento férreo de sus prerrogativas básicas o edificio conceptual. Parecería ser que esta situación responde a una crisis producto de cambios político-históricos, académicos y morales, sin embargo, y sin descartar lo anterior, si se analiza la genealogía misma del psicoanálisis nos damos cuenta que la constancia en esta teoría ha sido la controversia y la división de criterio investigativo de quiénes la practican. Nada mejor para ver este aspecto que examinar las desastrosas relaciones entre Sigmund Freud y Carl Jung.

Es curioso que la teoría y el sistema clínico más influyente del siglo pasado no haya tenido hasta ahora prácticamente ninguna presencia en el cine incluso con sus muchos chismes y luchas de poder. David Cronenberg aprovecha ese nicho y en su último filme A Dangerous Method (2011) se acerca al binomio Sigmund Freud (Viggo Mortensen) y Carl Jung (Michael Fassbender) re-construyendo el conflicto esencial que rodea a estas figuras más que claves en el movimiento.

Dice Cronenberg:

“En esta ocasión no quería hablar tanto de una enfermedad como de contar un drama. Y para que un drama funcione debe de haber algo que vaya mal, tiene que existir el conflicto, no siempre físico…es importante incidir en que la película cuenta el inicio del psicoanálisis cuando estaban todos los caminos abiertos, en plena investigación. Por ejemplo, podían preguntarse: ¿por qué no tener relaciones sexuales con un paciente?, ¿puede que sea terapéutico? Hoy ya sabemos que no es buena idea”. (Entrevista con el periódico El país 25/11/2011)

El filme aprovecha esa idea de los caminos investigativos abiertos para enfocarse sobretodo en el trabajo y vida de Carl Jung. Un joven Jung logra validar exitosamente la “terapia del habla” propuesta por Freud para aliviar la histeria y la neurosis. Su práctica clínica prueba la tesis que plantea la represión de los impulsos sexuales como raíz de los desordenes psíquicos. El trabajo de Jung se convierte en uno de los pilares del movimiento, sin embargo, sus intereses investigativos (dirigidos hacia la metafísica y el análisis cultural) comienzan a alejarse de los inamoviblemente sexuales de Freud, llevando a ambos psiquiatras a enfrentarse hasta que ocurre la separación definitiva.

Cronenberg decide relatar esta famosa separación no solamente desde el aspecto de la investigación psiquiátrica con sus muchas reuniones, cenas y debates sino también desde la tumultuosa vida sexual de Jung. Tal como plantea el psicoanálisis el director canadiense utiliza la narrativa sexual-familiar para ofrecernos una versión íntima de este caso.


Una de las pacientes más importantes de Jung fue sin duda Sabina Spielrein (Keira Knightley). Como paciente representó uno de los primeros y mayores éxitos de la terapia. Su histeria provenía de unas densas obsesiones sexuales que debían ser exteriorizadas. Lo interesante y des-estabilizante es que en el transcurso de la terapia Spielrein se convirtió en la asistente de investigación de Jung y luego en su fogosa amante.

Cronenberg utiliza esta relación como una metáfora de los planteamientos conceptuales más importantes de la teoría. Cada personaje termina representando un aspecto de ésta:

Carl Jung con una plácida vida matrimonial se enfrenta a unos deseos sexuales extravagantes y sado-masos por Spielrein. De terapista va lentamente volviéndose paciente en crisis. Aunque intenta reprimir estos impulsos que dan al traste con su vida matrimonial y profesional, termina cediendo a ellos avalado por la influencia del colega Otto Gross (Vincent Cassel), quien propone en todo momento rendirse ante el deseo sexual sin importar si este se genera con las pacientes. Tanto Gross como Spielrein son una manifestación del inconsciente sexual de Jung o el “ID”.



Para una figura tan recta como Jung los conflictos éticos surgen contaminando la recién conquistada libertad sexual y causando fricciones con Freud. Freud como líder del movimiento va convirtiéndose en el “Superego” o ley interna al cual el sujeto Jung responde y a la cual quiere sublevarse tanto a nivel ético como teórico. La compleja relación con Spielrein no solamente sucede en un ámbito sexual sino que en ambos se despierta una constante auto-reflexión que da motivo a la investigación de otras perspectivas acerca del inconsciente como las que dieron pie a la teoría de la pulsión de muerte.

Siguiendo su última tendencia Cronenberg utiliza un estilo formal muy limpio, comedido y distante. Su frialdad casi clínica funciona muy bien con el material narrativo y con los espacios geográficos vieneses. Las actuaciones de Fassbender, Mortensen, Cassel y Sarah Gadon como Emma Jung reflejan esa misma línea de elegancia, discreción pero intensidad interna. Es una tendencia en el cine de Cronenberg tener complejos personajes masculinos y excelentes actuaciones, esta no es la excepción.

“Me hace feliz trabajar con los actores, y aquí además tuvimos una filmación plácida, con grandes intérpretes…Con los años soy cada vez más sencillo con la cámara, más directo, preciso. Cada vez hablo menos con los actores y los técnicos. Yo les he contratado por algo: que lo muestren”. (Ibid.)

Habría que ver hasta que punto Keira Knightley encaja con el estilo de actuación del ensemble, sobretodo en esa primera parte donde sucumbe a la sobreactuación. Por suerte su personaje se normaliza logrando ecualizar el trabajo actoral hasta cierto punto.


El trabajo de David Cronenberg en A Dangerous Method presenta como los nudos psíquicos que intenta revelar el psicoanálisis surgen precisamente del drama mental y sexual de sus terapistas y teóricos. Este experimentado cineasta retoma los temas de las voliciones extremas y de las oscuridades psíquicas con un estilo que se vuelve cada vez más prístino y que privilegia el contar una buena historia por encima del exceso visual o el morbo desmedido.