sábado, 26 de noviembre de 2011

Coraje II en Washington D.C.


En un teatro remoto en la frontera entre Virginia y Washington DC, se presentó la artista del escenario Teresa Hernández (Noviembre 3, 4, 5 2011) . El lugar parecía estar instalado en un bosque. Periférico y perdido son dos adjetivos para ese espacio teatral. El Pentágono estaba cerca de este teatrillo y las ordenes de guerra sobrevolaban cerca, los botones desde donde aprieta la insaciabilidad armamentista, la Norteamérica oscura. Que terriblemente bien le fue ese lugar a la pieza.

El montaje se llama Coraje II. En este caso II implica una revisión a los temas y personajes de la pieza original de Coraje. Este díptico escénico busca hacer conexiones en el tiempo con la Madre Coraje y sus hijos (1941) de Bertolt Brecht, obra que examina la relación simbiótica del mercado con la guerra mediante el retrato de una cínica comerciante y sus hijos. La primera Coraje (2009) era un collage de escenas en donde coincidían momentos esenciales del texto teatral de Brecht, frases de movimiento inspiradas en los personajes y en el tema bélico, unos personajes burgueses que veían fotos mórbidas (comentando a Susan Sontag) y Nancy, la esposa religiosa de un veterano enfermo.

Algo de este nuevo montaje recuerda al documental The Five Obstructions (2003), donde Lars Von Trier le propone un ejercicio creativo al director danés Jorgen Leth de recrear su corto más famoso, The Perfect Human pero con impedimentos de estilo y forma. No necesariamente inspirado por ellos pero si por la misma premisa de abordar la creatividad a partir de obstáculos, el director Miguel Rubio, líder del grupo Yuyashkani, re-visitó con Teresa Hernández la pieza Coraje. Los impedimentos fueron los siguientes: achicar el espacio a un pequeño cuadrado en el centro; limitar el movimiento escénico al mínimo y rescatar al personaje de Nancy. De Brecht quedaron dos textos poético-melódicos y el “distanciamiento” como técnica de ruptura entre personaje, actor y acción dramática.

Estas restricciones de forma tuvieron el impacto de llevar la pieza a un espacio de intimidad tanto emotivo-intelectual como geográfico. De manera diferente al primer montaje, Coraje II se siente más cerca al violento día a día puertorriqueño y a las paranoias sociales que esta violencia produce. Esta tensa relación se trabaja mediante el ente escénico de la “actriz”. La “actriz” abre el espacio escénico a la audiencia y los coloca en una experiencia de meta-teatralidad en la cual deben presenciar la anatomía de una acción escénica y la encarnación de un personaje.

La “actriz” incita al público a un calentamiento de relajación y consciencia corporal que es invadido subrepticiamente con consejos e instrucciones de la industria de seguridad cual aeropuerto o redada policiaca. Mensajes contradictorios son lanzados indiscriminadamente jugando con las nociones del cuerpo y el miedo. El calentamiento lejos de relajar, lleva a los asistentes a un extraño estado de desconfianza angustiosa para con el vecino de al lado. Luego de sentirse observado y preocupado con miles de advertencias, resulta un alivio sentarse convencionalmente en la silla y ver lo que sigue:

La “actriz” cierra el cuadrado e instala lo objetos e indumentarias para en cierta manera convocar escénicamente al personaje de Nancy y su esposo veterano que es representado con una gorra, un jacket y un pantalón vacío de cuerpo. El cuadrado deviene sala de espera en la oficina de un médico y la mujer del soldado empieza su perorata.

Nancy es un personaje muy complejo entre gracioso, patético y ácido. En ella se conjugan el fanatismo religioso y militar, la devoción matrimonial y maternal, la lucha por los derechos de los veteranos, la ignorancia de la historia, el prejuicio ante culturas extranjeras, el dolor y el valor frente a la muerte, entre otros aspectos. Es un personaje lleno de confusión y contradicciones que sin querer va develando, gracias a la rica escritura de Teresa Hernández, el estado de la psique colectiva puertorriqueña.

Coraje II señala la manera como en Puerto Rico la guerra se vive como una violencia esquizoide y lejana sin contexto con los conflictos reales que vive la isla. Se es parte de la maquinaria de guerra estadounidense por razones de obediencia colonial, no por verdadero convencimiento o solidaridad bélica. La violencia como muy pronto descubre Nancy no nos es ajena, estalla en la cara de cualquiera con los constantes asesinatos por narcotráfico, violencia doméstica o pura psicosis urbana. Como señala el poema de Brecht se vive en tiempos sombríos, se come y se bebe y se canta a los tiempos sombríos. Nancy participa de esta violencia sombría al avalarla militarmente y al promocionar sus prejuicios. Pero también la sufre desde el ámbito domestico como esposa y madre. Su amor se ve herido en lo más hondo y es la violencia isleña, no la guerra oficial, la que le destruye la familia.

El montaje y la dramaturgia (tejido de acciones) es de las más concisas, maduras y logradas de esta artista, lo que convirtió la visita a la sala teatral en un verdadero placer. Sin embargo no es una obra feliz. El efecto que crea Coraje II es incómodo y difícil. Es una pieza que pide ser pensada y comentada. Como el buen teatro con influencia Brechtiana su valor de contenido radica en la reflexión crítica que causa en la audiencia, levanta preguntas y toca sensibilidades. Es una aventura escénica oscura.

Al salir del teatro, en el D. C., las muchas estatuas de soldados velaban la noche de la capital. Washington es una ciudad antiséptica llena de homenajes a la guerra. Que terriblemente bien le fue esta ironía a la pieza.

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