domingo, 5 de junio de 2011

Ciertas nociones del absurdo en la literatura (Parte 2)

Martin Esslin en su libro The Theater of the Absurd de 1961 exploró y estudió la dramaturgia de vanguardia que surgió durante la pos-guerra, especialmente aquella escrita por Samuel Beckett, Eugene Ionesco, Jean Genet y Arthur Adamov, destacando como estos autores, compartían esa sensibilidad para lo absurdo que los existencialistas se dedicaron a puntualizar y que tiene sus raíces y vertientes a través de todas las expresiones de vanguardia o sea dentro del pensamiento filosófico-estético de la modernidad.


Esslin, analiza como estos escritores y sus respectivas propuestas teatrales, buscaban explorar las realidades profundas de la condición humana mediante la representación literal de un universo alienado donde el hombre se encuentra vencido por el sin sentido.

El teatro del absurdo compuesto como poética por las imágenes del inconsciente, los sueños, las obsesiones, los terrores, las repeticiones maniáticas del universo individual de sus creadores, utiliza la descomposición del lenguaje como herramienta presentando su vertiente más ilógica o resaltando satíricamente lo ridículo de los convencionalismos lingüísticos de distintos sectores sociales, sobretodo de la burguesía: “The theater of the absurd is concerned essentially with the evocation of concrete poetic images designed to comunícate to the audience the sense of perplexity that their authors feel when confronted with the human condition” (The theater of the absurd, 308).

Esa perplejidad suele ser el eje de la escritura y de la representación escénica, reflejando más allá de una trama elaborada o un estudio psicológico de los personajes, la sensación y el ambiente que se destila en la médula de este extrañamiento. El hombre que presenta el teatro del absurdo, suele ser una verificación físiológica de la condición humana, más que un ente individual. Es el hombre que se percibe a sí mismo como objeto en el dilema de la existencia. El énfasis recae en las dinámicas de ese hombre con sus otros mientras pulula en el vacío.

El teatro del absurdo muestra a seres abandonados en ambientes abstractos, desolados en su mayoría, en donde habitando la nada, solo le queda responder a nimiedades, a circuitos lingüísticos, a dinámicas de comunicación, que al ser presentadas en total descontextualización, dislocadas del aparato social, revelan el estado absurdo del hombre.



Mediante patrones poéticos y discursivos con manías, estancamientos y regresos inútiles, el dramaturgo objetiviza al lenguaje mostrando su construcción. Estas construcciones resultan en conversaciones que intentan subsanar el fracaso de la voluntad de comunicación. Son la del intento fallido de conectar con el otro de manera significativa, o de comprender las fuerzas y los estímulos que percibe en su interior.

Las acciones que acompañan estas pláticas, resultan arbitrarias, casi manifestando una estancada demencia: “... the audience is confronted with actions that lack apparent motivation, characters that are in constant flux, and often happenings that are clearly outside the realm of rational experience” (Esslin, 305).

Con la experiencia en escena del flujo y la desproporción de los motivos con las acciones que llegan a suceder, el hombre es presentado por el teatro del absurdo un intento de humanidad, un proyecto inconcluso y en la mayoría del tiempo impotente, si se le enfoca desde concepciones racionales.

El pensamiento absurdo en la literatura del siglo veinte, representa un gesto transgresor, ya sea en el acto mismo de la escritura, como en el contenido que esta trabaja. El absurdo plantea un cuestionamiento a la idea del lenguaje como asimilación última de la realidad. Igualmente el reconocimiento de unas realidades atípicas y disfuncionales (como son las del inconsciente) frente a lo incompleto de los procesos de asimilación del lenguaje racional. Se crea un interés artístico por acercar la expresión humana a regiones donde el caos y el desconcierto reinan.

Aunque el absurdo rechaza la explicación existencial a partir de lo divino, afirma la posibilidad del hombre a colocarse de igual a igual con los poderes de la creación. La experiencia del arte abre puntos de fuga hacia los paisajes interiores y hacia las fuerzas que manan en su entorno.

El sentir absurdo percibe la ausencia de armonía dentro de los procesos y andamiajes sociales y ideológicos. Muchas veces, cayendo en lo ridículo y risible, el absurdo muestra lo insuficiente de estos sistemas, lo incompleto de sus formas. En un intento de liberar la psíque de sus trabas y nudos racionales, la sensibilidad absurda ataca los cimientos mismos de la cultura occidental, con una agenda delirante que intenta como respuesta, explorar los confines de la mente, del cuerpo y los sentidos.


La rebelión implicada, puede destruir y negar, rechazando la esperanza de una vida más allá de la tierra. El sentir absurdo verifica y hace relucir las debilidades y lo refutable de los constructos de la cultura, pero, al mismo tiempo, cree y cifra su voluntad en el acto creativo, como ese acto que define el existir del hombre.

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