jueves, 9 de septiembre de 2010

Dragón y hormiguero

Que Nueva York es una ciudad engranaje del capitalismo nadie en su sano juicio lo debate. Que esta ciudad articula su vida a partir del comercio, cual atomos y electrones, no es nada nuevo y afirmarlo es reiterar. Cierto que hubo epocas victoriosas en las que movimientos artísticos consolidaron una visión de vida en vez de una visión del capital (El renacimiento de Harlem; la movida Beat; el punk setentoso; el graphitti y el arte urbano de principios de los ochenta, el downtown scene de esos mismos años, por mencionar sólo algunos de manera general), sin embargo, en el presente se debate incluso la posibilidad real de generar una contracultura en esta ciudad, no una pose, no una reproducción vacua, no un intento fallido con cierto valor estético, sino una contracultura en todo el sentido de la palabra.
Esa posibilidad es harto díficil cuando se pasea por la monstruosidad de las tiendas de la quinta avenida, cuando prefeririamos morir de epilepsia ante las pantallas grotescas de Times Square, cuando nos movemos por el bullicio de las boutiques y las ñoñerías amplificadas de Soho. Si el capital fuera un dragón, Manhattan podría ser su cabeza y lanzar llamaradas de fuego a diestra y siniestra y así embaucar a todos en su caliente melodía de crédito, de cultura desechable, del media y el atropello comercial.
He aquí un contraste que cada día que pasa se me reafirma y que más que un descubrimiento (nadie podría llamarlo así en el presente) es una re-afrimación de todas las voces todas, por lo menos las que me gusta escuchar, y que, aunque no propone ciertamente una contracultura, si que instala una variante muy importante:
Allá Manhattan, acá Brooklyn.
No lo digo como una mera observación geográfica sino como un estilo simplón de delinear fuertes diferencias. Vamos que Brooklyn tampoco representa un sistema alternativo de vida, es un suburbio, una ciudadela conectada a la matriz Manhattan. Pero al menos propone, quizás por que sigue siendo teniendo una función primordialmente residencial, un respiro diferente al que lanza el dragón. El negocio que todavía prospera en Brooklyn es el negocio pequeño o mediano, el negocio con facciones y trato humano, no coorporativo. A veces hostil aveces simpático pero igual con personalidad particular. Brooklyn es más un hormiguero. Aca encontramos los flea markets de fin de semana con vendedores con quienes puedes tener una buena conversación, que conocen su producto por que es muy probable de que vivieron con él, lo manufacturaron artesanalmente o lo recogieron y arreglaron por razones muy propias; Tambien se encuentran los vendedores que se apostan en las calles y te venden libros, discos, ropa, lo que encuentren. Los navegadores del craiglist tambien suelen vivir por estas zonas. Una lógica diferente se le impone a los objetos. El re-uso, el regateo, el trueque, el producto de segunda mano son conceptos que todavía existen en esta periferia de Manhattan y que nos hacen, al menos a nivel de intercambio y de conducta de adquisición de mercancía, gente con cara, inclinaciones y aptitudes y no ciegos clientes que responden a un llamado absurdo de la mega empresa. El dragón por un lado, las hormigas por otro. Muchas páginas pueden salir de describir esta diferencia, esto es sólo un esbozo.
Otros procesos que no se deben obviar problematizan el estilo de vida de Brooklyn, sobretodo la muy comentada gentrificación, pero eso lo dejo para otra entrada. No nos saturemos.

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